lunes 9 de noviembre de 2009

I adore you

I adore you, escribí y lo lancé al infinito mar.
Para quedar protegido, elegí una buena botella, que la hiciera navegar.
Un mensajito, para un amor inmenso, sin saber si lo leería, algún día.
Otro idioma, otra forma, algo distinto, para alcanzar lo nunca visto.

Mil noches de sueños y fantasías, con posibles respuestas,
¿qué me dirás, qué te diré, qué callarás, qué te diré de nuevo?

Conocerte, con un rostro playero o piernas de sirena,
sonrisa magnífica, ojos inmensos, cabello hipnótico,
senos inolvidables, suave piel de color de luna,
caderas admirables de bailarina.

Y más allá, más acá, unos labios seductores,
con una lengua ardiente,
sonrisa electrizante,
con alma brillante.

Para que me reconozcas: me gusta tu risa, me gusta tu nombre, me gusta tu voz. Es la verdad.

Paciencia, arte de saber que todo lo que va a pasar es lo mejor. Una mañana cualquiera, llegó de nuevo la botella, la reconocí. No traía el mismo papel escrito por mí. La rescaté, desesperado por el reencuentro y al leerla decía: I adore you, con una letra distinta y un papel distinto pero reconocible. Y me dije, sonriente e infinito: algún día, cuando salga de esta isla.

martes 13 de octubre de 2009

Tóxica

De una terrible droga me hice fatalmente adicto y me perdí. Destructiva costumbre, poderoso veneno, corrosiva radiación, tentación penosa. Eran muchas cosas que se mezclaban. Olvidé quién era. Me hundí en espirales laberintos de movedizo desencanto y mutilante frustración. Al espejo sólo había una cara fantasmal que me devolvía una sonrisa esquelética, con la marca de la miseria como cicatrices imposibles. Me sometí a tus encantos de Medusa, y mi final no pude ser otro que una víctima más.

El final llegó con la negación. Cuando creí que podía controlarte, dejarte en cualquier momento, usarte sin correr peligro. En esa etapa, en la que muchas manos te tratan de cobijar pero también reprender, castigo silente de un amor que no se debe probar, el de los más cercanos y fieles amigos, me negaba y aún justificaba la necesidad que tenía de ti, la posibilidad de continuar teniéndome en mi vida sin hacerme tanto daño, creyendo que era yo la que te usaba y no ser un simple harapo que cayó en las redes invisibles de una araña ciega, hambrienta y molesta.

Ustedes también lo saben, este es una historia también repetida, un cuento infinito. Todos nos sabemos la teoría, de la práctica errada y vacilante está hecha la vida. Nada es eterno, me destruías o te dejaba. Preferí la vida, seguir los consejos, apostar por la luz. A veces con el temor callado de admitir que no te había eliminado por completo, paranoico de que alguien supiera que había recaído, avergonzado de tener que confesar que te creía dominada.

Y hoy, de nuevo, me acerqué, sólo un poco a ti, apenas te probé y tuviste de nuevo esa poderosa capacidad de enfermarme, de hacerme querer destruirlo todo y a mí mismo, de acabar con este universo con la rabia fogosa de un degenerado. Lo peor de mí, lo más triste y tú que no vales ni lo que pesas, aunque te vendan y ofrezcas tan caramente.

Que el fuego de la incineración te transforme en algo mejor. Desapareciste.

sábado 26 de septiembre de 2009

Sin compromiso (no sin amor)

Dije sin amor, y te partiste en dos.
Una, esa voz preciosa que decía: mi amor, mi amor, buscando mi cariño.
La otra, una avalancha terrible, que yo conozco perfectamente, la frustración del rechazo.

No debí decir otra cosa, aunque me hubiese gustado.
Por eso aquí estoy, tatuando mis recuerdos, para que dejen de serlo.
No me gustan, no los atesoro y con el tiempo ni siquiera los reconozco míos.
¿Yo hice, dije, pensé eso? Disculpa, sólo fue en ese momento, luego, se acabaron.

Como un flor, una que te regalé, dos que olvidaste, tiradas y marchitas.
El tiempo permite saber que algo grandioso, como el sol, dejará de existir,
y la intuición, poderosa magia, nos recuerda cada noche, cómo sería la vida en oscuridad.
Sin que nunca llegue el amanecer, y debamos despertar, regresar o dormir, al menos juntos.

Me muero por ti y me dijiste exagerado. Dije muchas más cosas y no hiciste nada.
Sin sacrificio, sin entrega, sin compromiso, y por eso dije sin amor, sólo placer y confusión.
Luego me dijiste que te morías por ti y muchas más cosas más, y no te creí.
Si lo hacía yo era terrible y si lo hacías tú, inocuo.
Allí tenemos, lo que cada quién hizo.
Recibimos lo que dimos.

Yo no te sé esperar

Y ahora que no estás, vuelto a sentir el mismo sinsabor,
de meter un dedo dentro del pecho y sentir que me sabe a mar.
Y tú no me sabes amar.

Como cualquier otro enamorado, ahora todo lo que veo me recuerda a ti,
y me pregunto qué hubiese pasado si hubiésemos sido distintos, tan distintos que ya somos.
Y sabía desde antes de conocerte que nos ibamos a hacer esto, porque somos así.
Complementariamente odiosos, infinitamente distintos, repetidamente imposibles.

Ayer pasé, frente a tu casa, porque sí, porque vivimos cerca y casi nunca te vi.
Pasé por aquél rinconcito donde tu hermana me dijo tantas cosas tristes de tu ser.
Y yo seguí, y no me importó, porque amándote como lo hacía, todo era dar, sin pedir.
Pero todo acabó porque tú me querías pedir perdón por no haber pedido permiso, como la Miss.
Desastroso final, el de ella, el nuestro, la lección, quedará.

Drexler tiene tanta razón, y el budismo también.
No te culpo de nada, no me arrepiento de lo más mínimo.
Lo que te pasa es acción directa de tus actos, te traicionan porque haces algo para ganarlo.
Das lo que recibes y luego recibes lo que das. Es inevitable vivir atado a lo que decidimos hacer.
O dejamos por allí, olvidado, como si nada, pensando que siempre estará.

Así, viendo mis huellas mojadas sobre el piso de mi cuevita,
Entiendo exactamente lo que hice mal, donde no volveré a pisar,
Lo que hubiese querido decir, más calmado, paciente, intuitivo, tranquilo.
Te extraño hasta que las lágrimas se me salen al soñar, despertando con un océano en el pecho.

Que te vaya infinitamente bien, Yoko.
John fue asesinado y tú seguiste tu vida, basada en él, pero sola.
¿Y quién sabe qué hay más allá de la muerte?

martes 2 de junio de 2009

Para Nina

Este sábado, cuando me escribiste, recordé que nunca te había escrito yo un poema a ti
A pesar que eres un amor eterno, que siempre estará en mi corazón y yo en el tuyo.
Me diste una noticia gigantesca, maravillosa, un reto tan hermoso, que me cambió la vida.
De nuevo el amor eterno.

Hermanita, gracias por estar allí, siempre. A pesar de mí, de ti, porque ser hermanos es un reto.
Seguramente tú me clavaste un puñal en la vida pasada o yo no fui el más amable, y por eso nos han puesto juntos.
Romper las cadenas del pasado para llenarnos de búrbujas de querer,
Te amo, mi hermanita Nina, no más ahora sino con un extra, como una pizza de corazón.

Porque el amor eterno está allí, cerquita y a mí la vida me ha llenado de mujeres así:
Mireya, Joelita y tú, mi Nina. Tres amores grandiosos, tres mujeres eternas y tres damitas.
Una madre infinita, una sobrina brillante y una hermana poderosa.

Eres una heroína, fuerte, brava, ruda. Y como nunca, te pongo la medalla de mi admiración,
pido disculpas por verlo todo desde mi punto de vista y te aplaudo por tu valentía,
busca tus sueños, no hagas caso y brinca el abismo aunque te dé miedo,
porque tú no te quedas atrás, tú no te dejas, ¡a ti nadie va a venir a embromarte!

Pero también un cofre de diamantes de ternura, de solidaridad cariñosa, de inteligencia fuerte.
Un abrazo lindo, una tocadita de oreja y un aviso de advertencia: siempre estaré aquí.
Te quiero mucho, mi Ninita.

sábado 23 de mayo de 2009

Una otra vez

¿Te quitarías la ropa para mí,
te despojarías de todo frente a mis ojos?

Te diré exactamente cómo lo quiero y cuándo lo deseo.
Cuándo te quitarás los pudores, los miedos,
incluso la fantasía y los buenos recuerdos.
Talvez eso requiere desenterrar algunas cosas, matar otras.

Tú sabes, vivir la vida, el día a día, esas cosas horribles que odian los niños cuando crecen.

Date la vuelta, dame la espalda, ladea un poco la cara,
pon tus ojos en soslayo, imagina lo que hago, miro, pienso.
Deja que tu cabello cubra tu espalda, tus senos, tus manos sobre tus caderas aún vestidas.

Es mi boca, tranquila, sólo se acerca. Te voy a besar...

Baja con tus manos, envuélvete toda en ti misma, dejándote servida como deliciosa fruta...
Deja que mi lengua y dedos recorran la geografía inflamable de tus rincones,
que te provoquen, en silencio mío y gemidos tuyos, que te provoquen.

Mis manos recorren las vías que intentan ocultar infructosa y deliciosamente tus cabellos,
pero que se desborda en mis manos, toda tu sensualidad divina y voluptuosa.

Bienvenida, aquí está el paraíso, servido en el abismo de la cama,
mostrándote como hembra enarcedida, incendiaria, explosiva, amazónica.
Lo cabalgas con la fuerza del río, la presión solar, el manglar violento, el enredo del aire,
fuego y tierra, elementos brutales, brilla tu carne de transpiración gozosa,
entra y sale el aire de mis pulmones, mi carne de tu amplia belleza y tus gritos ahogados.

Y te vas, y te irás, y me voy, y me iré.
Como el río, como el aire y como el fuego.
Cambiantes como la tierra que una vez pisamos,
y nos llevamos en los pies, para seguir nuestro camino otra vez.

Primero hay que conseguirse... como si nada.

martes 19 de mayo de 2009

No para ti

Hoy quiero escribir, algo que no es para ti.
Página en blanco que reta mi condición de humano escritor.
De imperfecto ser, con esa espada afilada pero no siempre acertada.
Que puede cortar una cabeza, o salvar una dama, hasta matar un dragón.

Epale, poesía. ¿Cómo me le va?

Yo voy a tu encuentro, aunque huyas de mí. Aunque ya no esté triste, puedo escribir.
Juro de la paz, o de la alegría o de la sanación, también hay inspiración.

Podemos ensayar un cuento: "Hay un niño, y dos pistolas. Dos madres también. Una herida, otra natural. La biología no alcanza para explicar que la adopción no es lo mismo que el rapto".

Ya ves, hay literatura e imaginación. Hay una mente veloz al despertar, que piensa sin querer en ti, buscando alternativas para que tú vengas, te salves y yo te diga, vas bien. Nos vemos en mil años. Así escribo de pirámides, de tríos, de númerotes y de camarotes, pero nada que tenga que ver contigo. O de ti, o de un nosotros invisible.

No sé si de la rabia, la indignación hayan nacido demasiados (buenos) libros. Yo creo en aquél decálogo de Nazoa, que recuerda que el escritor no es quien montado en su caballo descabritado, escribe lo que le pasa. Sino que luego, calmado, recuerda todo lo que sintió. ¿O sería Horacio Quiroga quién lo dijo? Parece más razonable.

Yo como con hambre, bebo con sed y trato de no aguantar las ganas de ir al baño. Lo leí también en un libro de psicología en el liceo. Sabes que soy un hombre que recuerda frases específicas. Y tú no has medido lo dicho, peor aún, no has medido lo que no dijiste. Los instintos no se reprimen, se posponen, pero luego se dejan fluir.

Para mí, es un impulso atávico el escribir. Vaya atrevimiento darme ese honor suprazoológico. Vine a escribir. No sé los demás. Y a conocer y reconocer a otros, y a mí en ellos. Y tú, estás allí, metida en un hueco, cómodo y relajado, pero que al final, no es más que una cárcel de lujo. Y no me reconozco en ti y quién sabe qué diablos piensas tú.

Vamos a ensayar un verso:

Llegan a diario tus palabritas, pegaditas, como hormigas.
Llenas de dulce, de inteligencia y alegría en la sorpresa.
Pero además, un alma que no cabe en la pantallita,
y de verdad me sorprende, parece que tampoco en tu estatura.
Joelita, escribe, lee, escribe, lee, escribe y escribe.
Yo te leo, te quiero, te ayudo, te leo, te leo y te escribo.

¿Viste? Ya se acabó lo que había para ti.