sábado, 6 de agosto de 2022

Pre-posthumous demo — Klingon Former Painter

El año 2042 empieza muy bien. El viernes 7 de enero se publicó el primer demo de la banda Klingon Former Baby, de origen geográfico no especificado, junto al NFT de la instalación muralista 3D correspondiente al lanzamiento, que sirve como complemento de Realidad Virtual Profunda de la música. Durante 35 minutos es posible escuchar elaborados riffs de metal progresivo acompañados de sección rítmica de big band jazz, pero sobre un lienzo de varias sutiles capas de mashups de folk japonés y celta. El resultado es evocador y cerebral, un baile elucubrador entre la precisión física y la sensualidad del ruido.

Eso permite dos lecturas, como las de la obra plástica adherida, una principal que incluye rabiosas formas de d-beat, black metal psicodélico, blues tradicional y new wave bajo la premisa del rock/metal, más atmósferas que cubren espacios que antes llenaban orquestas, sintetizadores y teclados, en que la pinacoteca de historia del arte completa con las curiosidades de un DJ con maestría en investigación forense de viejos formatos de registro sónico, como discos viniles, cassettes y cintas magnéticas.

Así que el “Pre-posthumous demo” muestras las obsesiones de un colectivo artístico-musical amante de grabaciones de viejas canciones tradicionales de Asia y Europa con recuerdos vintage de diversas épocas: desde las guitarras de los primeros afroamericanos precursores del rock and roll, pasando por la decadencia de los 1980 hasta terminar por el elaborado metal de los 2020, que se llenó de experimentación, técnicas y osadías impensables por los creadores del género.

De la serie: Música imaginaria del futuro.

viernes, 5 de agosto de 2022

Cuento breve: Me conformo con una embajada

Olla y repique, el sonido irresistible que escuchaba en mi mente que intentaba traducir a placer al martirizar calderos, potes, envases con cuchillos y cucharas en la cocina en las tardes en que me imaginaba solitario en una casa con padres durmiendo, hermana bebé durmiendo, hermano pequeño durmiendo. La música mental jamás se detuvo, aunque el profesor dijo que me faltaba oído musical, porque en la prueba del Conservatorio cantaba una octava más arriba que la nota que él tecleaba en el envejecido piano de su envejecido rostro en la muy envejecida aula.

Me concentré entonces en explicar los bosques, configurados en triángulos perfectos en las montañas que vigilaban a las autopistas. Había un acuerdo vegetal, acordado con la lluvia, bajo protesta de la roca madre, para que los troncos se unieran de cierta manera, muy conveniente, para que yo le dijese a la prima de mi mamá cómo deducía yo que funcionaba la Naturaleza a partir de las muchas lecturas que hacía.

Traté entonces la ciencia, la historia, la geografía como la música. No quería yo repetir la nota del vetusto profesor en la antigua aula del viejísimo piano, ni hundirme en el sueño matutino cuando mi familia lo hacía, sino yo cantaría una octava más arriba. Entonces leía enciclopedias que me hablaban del Canal de Panamá, el bacilo de Koch y la plusvalía en la Unión Soviética. Leía del inventor de los Rayos X, la historia de la matemática y veía fotos asquerosas de sapos comiendo insectos, para inventar mi propia fórmula matemática, mi sueño infantil más preciado.

Quería saber antes de aprender, inferir antes de conocer, teorizar sin practicar, por lo que era un frustrado intelectual, un poeta iletrado, un científico sin estudios y un pisciano de libreto que fue creciendo, más lento de lo que aspiraba, demasiado rápido para seguir viendo incandescentes bacterias de luz mientras aprendía las canciones de las publicidades de televisión.

Entonces fui músico, matemático, escritor, a medias, compartido, honestamente mentiroso, niñito grande que aún soñaba con ser espía secreto, pero me conformaría con ser embajador.