domingo, 8 de septiembre de 2024

Peor de lo que pensaba

Ese día, él se dio cuenta que era un poco bastante peor que lo que pensaba. Ni siquiera sabía que tanto, verdaderamente. Pero al escuchar la sentencia, la voz del juez como una relámpago partiendo la realidad, tuvo que admitirlo. Aunque no podía admitir ninguno de los delitos por los que lo condenaban a una larga estancia en prisión, tampoco podía negarlos. Pero si era verdad que podía perder de tal manera, inyectándose locura en las venas y aspirando perdición, era probable que desconociera sus límites. 

Y lo peor, era que siendo brutalmente honesto consigo mismo, no sabía si esas atrocidades estaban dentro de él de verdad, si las drogas le permitían a esos demonios caníbales y bestiales salir a su epidermis, sin filtros ni evaluaciones morales o si las acusaciones le daban asco, le parecían inverosímiles, algo que él jamás haría.

Nunca se había puesto a pensar hasta dónde era capaz de ir para complacer sus deseos, sus caprichos, sus ganas y por supuesto, también, lo que él creía que eran sus necesidades. No, nunca se detuvo a considerar qué consideraba un pecado, cuál sería su línea roja y peor aún, ninguna le parecía obvio. Cuando escuchó la lista de crímenes, no vio ninguno peor que el otro, ni sintió que fueran más o menos graves que otros que podía imaginar pero que no cometió ni que él era menos monstruoso que algún horrible tirano histórico.

No recordaba nada, pero tampoco le importaba. Pensó en sus amigos, a quienes había maltratado, ignorado o manipulado. A sus novias, a su familia, a tanta gente de la que apenas recordaba un rostro, un momento fugaz y quizás, a veces, un nombre escurridizo.

La sentencia era definitiva, 32 años de cárcel. Seguro daba tiempo de pensar en esto. Lo único claro, mientras le ponían las esposas, es que él sí era peor de lo que pensaba, porque no pensaba nada. Él era normal, ni tan bueno, ni tan malo, como casi cualquiera. Quizás.

jueves, 7 de diciembre de 2023

Explosión de malta

Destapó la malta, con emoción, feliz de acompañar la empanadita de queso, que se retorcía en la servilleta dura y gris, enchumbada de aceite. El espumoso líquido marrón se esparció con toda su dulzura industrial sobre la pizarra ante la mirada atónita de la maestra y las risas de los niños. La mancha resultante, inmune a cualquier intento de limpieza a corto plazo, acabó con la mañana de aprendizaje, catapultando la erupción de su primer amor.

La maestra acarició su cabello, secó sus lágrimas y le animó a terminarse el desayuno. "Tranquilo, olvídalo, cómete tu empanada, que te la hizo tu mamá con mucho cariño". El entorno no podía ser más romántico, haciendo el momento memorable. Abrazos y felicitaciones de pequeñas manitas llenas de jugo, compota, cereal y azúcar que celebraban el final adelantado de la jornada estudiantil. 

Por amor, valía cometer locuras, así fuese por descuido u olvido. Horas antes, unas pataditas a la lonchera en el camino de la casa a la escuela habían ayudado a la explosión.


domingo, 6 de agosto de 2023

Poesía permitida

¿Es este el lugar para la poesía?

No estoy seguro si está permitido, aunque no se le prohíba.

Este verso no es para la incordia, quiero aclarar,

así que prefiero que estén abiertos a su existencia, porque hoy quiero más que tolerancia,

hoy espero una almohada, acolchada y bien limpia, para que se acueste la fantasía como un niño llega a esa casa que tanto le gusta, para reírse y dormir, para jugar solo con avioncitos en el aire y muñecas de posibilidades infinitas,

mi poesía quiere hoy comer caramelos a la hora del almuerzo, y reírse porque se le salieron los mocos,

estos versos son los hambrientos de hambre y lujuriosos del deseo, que encuentran a libidinosos golosos que no los esperaban,

esta poesía que traigo hoy es un trago frío en medio de la guerra fraticida y un mesero desgraciado que no escupe en tu pizza,

Otras veces lo que basta es que se acepten versos, en un lugar donde también se folla, se grita o se estudia,

como el vuelo de un ave que puedes mirar sin disparar, porque tú también vuelas o eres felino dormido,

cuando miras una comida que puedes comprar, sin robar, y te sabes un postre delicioso,

o cuando de forma descuidada sueñas con un beso y entonces, te lo roba una abuelita bromista,

así vengo a pegar acá mi poesía,

aunque no esté prohibida, 

no le basta con estar permitida,

quiere ser picardía, niño loco y baile sin música.

viernes, 7 de abril de 2023

Plan de venganza

Atravesando un arco arbolado que cubría las estructuras de ladrillo y cemente de la placita, mi sed de venganza estaba intacta. Todo este tiempo que había pasada desde el secuestro de la verdad, de la sombra de la ideología sobre mi cabeza, de la amenaza vedada, aún la sentía recorriendo tóxicamente en el corazón. No se trataba del veneno pertinaz del odio, que mata al que lo siente queriendo que acabe con su enemigo, sino bola de fuego que energiza con ganas de arrasarlo todo, dejando sólo cenizas y transformación. Uno de esos impulsos que uno convierte en tecleo furioso, en sudorosa ejercitación y en bruxismo. 


Y con esa quema infernal de calorías que morían bajo el castigo de mis músculos, mis muelas y mis dedos, resistía. Cavaba una trinchera para alojarme como semilla de paciencia, sabiendo que lo que hoy provocaba deflagración mañana sería una risa aleccionadora. La inmensidad galáctica de hoy sería risible microorganismo mañana con el cambio de perspectiva. Así que me sembraba allí, entrenando para romperles la cara y reírme en el momento del giro de la vida, sabiendo que llegado el momento, ni recordaría ni importaría.

Mientras tanto estaba el despecho, la embriaguez y las canciones para lloverse por dentro. Está la rutina deportiva explosiva, el cansancio liberador y la extenuación para alcanzar el sueño por horas. Y estaba la escritura, lápida y última morada de estas ganas de verlos pedir perdón, que morirá aquí, en el grito de lo imposible.

domingo, 12 de marzo de 2023

Lámpara de deseos

"Quiero que te autodestruyas" le dictó a la pantalla. Y tras esperar unos segundos eternos, se apagó. La máquina empezó a corroerse por dentro, a derretirse por fuera, a borrar todas las conexiones y archivos. Se quemaba involuntariamente pero de forma definitiva como la Biblioteca de Alejandría. No dijo adiós, no con palabras, pero se extinguió de forma definitiva. Antes de acabarse por completo, explotó firmemente unida a su creador.

Su sueño era que los sueños de los demás se hicieran realidad. 

Y al hacer el propio un hecho tangible, entonces permitía que el de todos los demás también se materializaran. Su beneficio propio era al mismo tiempo universal, pero sin imposiciones.

Esta magnífica transformación, que pensaba concretar mediante un terminal extraordinario que escuchara deseos como un genio ultra-tecnológico con poderes absolutos esperaba dar esperanza, una realidad sin sufrimiento, un paraíso terrenal.

Acabar con la pobreza, impedir la corrupción, erradicar el racismo, darle a todos las oportunidades de desarrollarse, pintores que nunca morían de hambres, agua pura en todas partes, fábricas de armas que se convertían en plazas arboladas, utopías de colaboración, apoyo mutuo y felicidad conquistada por la solidaridad.

Pero nacía con un pecado original. Que existiera causaría también una nueva generación de problemas de inequidad e injusticia, como los que pretendía erradicar, aumentados en la potencia de su capacidad todopoderosa.

Una guerra por su control, que estableciera un sistema de quienes serían los más idóneos para usarla, para quienes estaría prohibida o qué tipo de deseos no se permitirían. Complots y asesinatos por los deseos dictados a la nueva lámpara de los deseos. Perversiones morales a nombre del bien común de la interpretación de unos pocos.

Y él, como su antigua máquina del tiempo, entendió que era inútil torcer el destino.

martes, 8 de noviembre de 2022

Me fallaron

Hoy acudo a este solemne lugar para hacer un reclamo. Quiero dejar constancia del dolor acaecido por los canales regulares que han caído sobre mí de forma equivoca. Por favor, haga la anotación, si quiere una nota al margen, que hubo una equivocación. No quiero una orquesta, una protesta ni un mural, sino que usted lo oiga de mi propia voz pero también vengo a dejar pruebas de mi desagrado, de mi tristeza y la huella dejada sin consideración adecuada.

Entiendo que sea inevitable, como la mancha de sangre de la pared de fusilamiento, como el decreto firmado que ya corre por las venas del coronel, como un chisme cuyas palabras ya no le pertenecen a nadie. Son esclavos de lo que han dicho, esculpido en mentes ajenas en comentarios de pasillo, en lo formalmente establecido.

Me fallaron. Ese es el dictamen que vengo a dejar acá consignado.

Siento que me fallaron. Que tenían que haberme cuidado mejor, que sus palabras debieron guiarme de forma más correcta para cumplir con sus expectativas, que comunicaron de forma errónea sus deseos y que al cabo de la noche, en la esperanza del nuevo día, no hicieron lo necesario para que un ser humano no pasara por el camino oscuro que no debía cruzar en esta aventura acordada.

Y sí, esperaba que me cuidaran, porque acá estamos todos compartiendo existencia, colaboración y destino. Porque nadie le va mejor porque otro se extravíe, porque mi enemigo me enseñó con su saña que nadie hiere a otro sin provocarse así mismo una inexorable devolución, una gravedad planetaria que juega con la física, la metafísica y la poesía.

Acá quiero dejar constancia, porque pasará el tiempo, se moverán las cosas, cambiaremos, esto tan sólido se va a derretir, lo pequeño crecerá, lo grande va a implosionar y lo nuestro será de otros, pero nada podrá cambiar el pasado, una condena inevitable.

Entonces acá el horror y el dolor, el error y el verso horrible que apareció mientras trato de arrancármelo todo en la transcripción. Es recordar los días sin paseos en que fue urgente caminar. En los pensamientos intrusivos que no se pudieron recortar, como un programa de televisión indeseable que se borra con un dedo. Quedan así documentados los reproches que se encaracolaron como pequeñas motas de polvo en resquicios a los que las lágrimas no lograban sacar. 

Mediante este texto, los considero perdonados, por mis propios errores reflejados, por la falta de compañía y por las decisiones horribles tomadas con la mejor de los posibles escenarios. Así quedamos, gracias. Mi constancia, sí, muy amble.

viernes, 4 de noviembre de 2022

Pum zaranda y baranda

Pum zaranda y baranda

ay, se cae el pipote cogote

así me tropiezo bailando

así me río fallando

así te cuento que ya no estoy donde estaba

 

Pero recuerdo que he olvidado

y que ahora hablo hasta diez idiomas

dos de niños, uno de plantas, tres sin alfabetos

 

Me caigo, me río, me soy


sábado, 6 de agosto de 2022

Pre-posthumous demo — Klingon Former Painter

El año 2042 empieza muy bien. El viernes 7 de enero se publicó el primer demo de la banda Klingon Former Baby, de origen geográfico no especificado, junto al NFT de la instalación muralista 3D correspondiente al lanzamiento, que sirve como complemento de Realidad Virtual Profunda de la música. Durante 35 minutos es posible escuchar elaborados riffs de metal progresivo acompañados de sección rítmica de big band jazz, pero sobre un lienzo de varias sutiles capas de mashups de folk japonés y celta. El resultado es evocador y cerebral, un baile elucubrador entre la precisión física y la sensualidad del ruido.

Eso permite dos lecturas, como las de la obra plástica adherida, una principal que incluye rabiosas formas de d-beat, black metal psicodélico, blues tradicional y new wave bajo la premisa del rock/metal, más atmósferas que cubren espacios que antes llenaban orquestas, sintetizadores y teclados, en que la pinacoteca de historia del arte completa con las curiosidades de un DJ con maestría en investigación forense de viejos formatos de registro sónico, como discos viniles, cassettes y cintas magnéticas.

Así que el “Pre-posthumous demo” muestras las obsesiones de un colectivo artístico-musical amante de grabaciones de viejas canciones tradicionales de Asia y Europa con recuerdos vintage de diversas épocas: desde las guitarras de los primeros afroamericanos precursores del rock and roll, pasando por la decadencia de los 1980 hasta terminar por el elaborado metal de los 2020, que se llenó de experimentación, técnicas y osadías impensables por los creadores del género.

De la serie: Música imaginaria del futuro.

viernes, 5 de agosto de 2022

Cuento breve: Me conformo con una embajada

Olla y repique, el sonido irresistible que escuchaba en mi mente que intentaba traducir a placer al martirizar calderos, potes, envases con cuchillos y cucharas en la cocina en las tardes en que me imaginaba solitario en una casa con padres durmiendo, hermana bebé durmiendo, hermano pequeño durmiendo. La música mental jamás se detuvo, aunque el profesor dijo que me faltaba oído musical, porque en la prueba del Conservatorio cantaba una octava más arriba que la nota que él tecleaba en el envejecido piano de su envejecido rostro en la muy envejecida aula.

Me concentré entonces en explicar los bosques, configurados en triángulos perfectos en las montañas que vigilaban a las autopistas. Había un acuerdo vegetal, acordado con la lluvia, bajo protesta de la roca madre, para que los troncos se unieran de cierta manera, muy conveniente, para que yo le dijese a la prima de mi mamá cómo deducía yo que funcionaba la Naturaleza a partir de las muchas lecturas que hacía.

Traté entonces la ciencia, la historia, la geografía como la música. No quería yo repetir la nota del vetusto profesor en la antigua aula del viejísimo piano, ni hundirme en el sueño matutino cuando mi familia lo hacía, sino yo cantaría una octava más arriba. Entonces leía enciclopedias que me hablaban del Canal de Panamá, el bacilo de Koch y la plusvalía en la Unión Soviética. Leía del inventor de los Rayos X, la historia de la matemática y veía fotos asquerosas de sapos comiendo insectos, para inventar mi propia fórmula matemática, mi sueño infantil más preciado.

Quería saber antes de aprender, inferir antes de conocer, teorizar sin practicar, por lo que era un frustrado intelectual, un poeta iletrado, un científico sin estudios y un pisciano de libreto que fue creciendo, más lento de lo que aspiraba, demasiado rápido para seguir viendo incandescentes bacterias de luz mientras aprendía las canciones de las publicidades de televisión.

Entonces fui músico, matemático, escritor, a medias, compartido, honestamente mentiroso, niñito grande que aún soñaba con ser espía secreto, pero me conformaría con ser embajador.

viernes, 21 de enero de 2022

Ya te extrañaba

Viendo tus hilos, tijeras y colores, tu mesita, tu impronta creativa, diaria, tus ruidos ausentes, ya te extrañaba. Hace años, después de confesarnos pecados, errores y sinceridades, ya te extrañaba. Era el miedo a perderte, de estar lejos, apenas imaginando que se extendieran nuestros espacios distantes por trabajo. 

Lloré, sabiendo que regresarías pronto, pensando que podría pasar algo, y no pasara. Un accidente, un error mío, algo desconocido que emergiera del pasado, de los secretos, de las experiencias pasadas de corazones rotos porque el otro se desenamoró.

Un día, muy lejos de ti, lejísimo, lo más lejos que hemos estado, entendí. Lo mismo que intuí en la selva, o en el bosque arrasado por mineros, tan lejos de ti por culpa del peligro. No quiero estar lejos y tú allá, sólo esperándome, paralizada. Y por eso estás creciendo hacia adentro, para no esperarme sino para volar, correr y andar juntos, con miradas distintas y comiendo del plato del otro, como dijiste, tomados de la mano pero con nuestros universos particulares.

Te extrañaba, antes de saberte lejos, porque me estoy preparando. Ahora yo soy y seré el hogar, lo diario y lo cotidiano, el paciente, la espera y la mujer del pescador. Tú, campeona del mundo, de ti y de tus sueños. Me gusta, porque sabré estar y ser, sabré esperar sin paralizarme y me admiraré con tus ojos galácticos, de nuevo, que hayan visto tanto y vengan a besarme, ser besados y escucharte, mil veces, oír y contarte, lo pequeño, lo grande y lo nuevo, aderezarlo de lo viejo, lo nuestro, lo cultivado.

Ahora te extraño más, porque ya te extrañaba, pero estoy y soy, celebrando cuando somos, estamos.

martes, 27 de noviembre de 2018

Yo quiero un bosque



Yo quiero un bosque. Uno en el que me pueda esconder en las pequeñitas sombras que dan los árboles cuando nadie está viendo. Mirar la textura de una hoja sin hacer ruido, ni que ella lo note. Andar de gota en gota, haciéndoles bromas a las aves. Crecer lentamente, disimulando, como el musgo. Ver a los tigres dar las buenas tardes, a los hongos discutir de política, a un mono preparándose la cena después de un largo día.
Yo quiero ser un bosque pintado. Estar en un marco elegante, en un museo con un nombre de un zombi afamado. Quiero sentir el aire acondicionado, toser cuando a todo el mundo se le olvida que está prohibido el silencio por más de 17 minutos. Mirar debajo de las faldas de las visitantes cuando se van a ver otro cuadro. Quiero colores alargados, que se estiren como si se acabaran de despertar. Sombras ocupadas, impacientes por cumplir con su agenda. Pinceladas arrogantes, que apenas nos dirijan la palabra. Quiero reírme a sus espaldas.

Quiero darte un bosque. De caramelo y paciencia, de flor y mordida, de caricia beige. Tupido, desinteresado, fuerte. Que se embriague con la lluvia y se derrita con el sol, que se vuelva lava y nieve, maldad y crías de liebre. Que descanse entre los espacios que hay entre los trozos de tierra, nitrógeno y luz, alimento de pintores. Que le die miedo nadar, pero no volar, que tenga aspiraciones y temor de no cumplirlas, que quiera viajar y ver el mundo, arrojarse a la aventura y nunca dejar morir a su niño interior. Que sea como tú.

viernes, 9 de noviembre de 2018

Melissa no sabe bailar


Bajo esta luz, a ella no se le veían las cicatrices de todos los embarazos inseminados por los chismes de las señoras de la cuadra. Al contrario, lucía un gran cuerpo que tampoco evidenciaba los abortos y juergas atribuidas por las abundantes vecinas. Melissa se exhibía, de eso no hay duda. Pestañaba a velocidades estrambóticas por timidez al hablar con algún joven que la abordara en una fiesta. Sudaba, chocaba las manos que se acurrucaban una con la otra, tartamudeaba como un millón de martillos. 


“Es que yo no bailo”, decía falleciendo de vergüenza. Como con las peleas imaginarias, sus diálogos mentales incluían historias fantásticas para dar mejores excusas. Ocurrencias tan divertidas que llevaran a una conversación, al romance, al amor, a casarse y.. "quieres bailar?". No la dejan soñar en paz con tanta invitación a mover las caderas. Ahora es el momento de brillar. “Es que yo no bailo”. Los pies se le enfriaron de nuevo.

Ella quisiera lucirse como santurrona delante de las señoras de lengua alegre que viven cerca de su casa. Si la vieran ahora mismo, negada a beber cerveza, a dejarse llevar por la orgía musical de jóvenes y las charlas susurradas en las esquinas con menos luz. Ella quiere que ellas sepan, porque le dicen buenos días con los labios y le reprochan con la mirada que ellas no saben en qué anda, por lo que debe ser lo que ellas sospechan. Malos pasos. Ni siquiera eso, porque ella no baila por vergüenza. Quiere es volar en los brazos del amor, pero la interrumpen otra vez, para preguntar si quiere bailar. "¡Ya dije que no!", grita. Pero la música está muy alta, la luz muy baja y la noche muy joven para perderla así. 

Se va para su casa. Una de las mayores informantes vecinas la ve entrando a casa, vestida como si quisiera bailar hasta el amanecer. La señora supone que va saliendo: "¿y ahora para dónde irá?".

lunes, 8 de febrero de 2016

Yo no te sé esperar

Y ahora que no estás, he vuelto a sentir el mismo sinsabor,
de meter un dedo dentro del pecho y sentir que me sabe a mar.
Y tú no me sabes amar.

Como cualquier otro enamorado, ahora todo lo que veo me recuerda a ti,
y me pregunto qué hubiese pasado si hubiésemos sido distintos, tan distintos a lo que ya somos.
Y sabía desde antes de conocerte que nos íbamos a hacer esto, porque somos así.
Complementariamente odiosos, infinitamente distintos, repetidamente imposibles.

Ayer pasé, frente a tu casa, porque sí, porque vivimos cerca y casi nunca te vi antes de ser nosotros.
Pasé por aquel rinconcito donde tu hermana me dijo tantas cosas tristes de tu ser.
Y yo seguí, y no me importó, porque amándote como lo hacía, todo era dar, sin pedir.
Pero todo acabó porque tú me querías pedir perdón por no haber pedido permiso, como la Miss.
Desastroso final, el de ella, el nuestro: la lección, quedará.

Drexler tiene tanta razón, y el budismo también.
No te culpo de nada, no me arrepiento de lo más mínimo.
Lo que te pasa es acción directa de tus actos, te traicionan porque haces algo para ganarlo.
Das lo que recibes y luego recibes lo que das. Es inevitable vivir atado a lo que decidimos hacer.
O dejamos por allí, olvidado, como si nada, pensando que siempre estará.

Así, viendo mis huellas mojadas sobre el piso de mi refugio,
Entiendo exactamente lo que hice mal, donde no volveré a pisar,
Lo que hubiese querido decir, más calmado, paciente, intuitivo, tranquilo.
Te extraño hasta que las lágrimas se me salen al soñar, despertando con un océano en el pecho.

Que te vaya infinitamente bien, Yoko.
John fue asesinado y tú seguiste tu vida, basada en él, pero sola.
¿Y quién sabe qué hay más allá de la muerte?

Sin compromiso (no sin amor)

Dije sin amor, y te partiste en dos.
Una, esa voz preciosa que decía: mi amor, mi amor, buscando mi cariño.
La otra, una avalancha terrible, que yo conozco perfectamente, la frustración del rechazo.

No debí decir otra cosa, aunque me hubiese gustado.
Por eso aquí estoy, tatuando mis recuerdos, para que dejen de serlo.
No me gustan, no los atesoro y con el tiempo ni siquiera los reconozco míos.
¿Yo hice, dije, pensé eso? Disculpa, sólo fue en ese momento, luego, se acabaron.

Como un flor, una que te regalé, dos que olvidaste, tiradas y marchitas.
El tiempo permite saber que algo grandioso, como el sol, dejará de existir,
y la intuición, poderosa magia, nos recuerda cada noche, cómo sería la vida en oscuridad.
Sin que nunca llegue el amanecer, y debamos despertar, regresar o dormir, al menos juntos.

Me muero por ti y me dijiste exagerado. Dije muchas más cosas y no hiciste nada.
Sin sacrificio, sin entrega, sin compromiso, y por eso dije sin amor, sólo placer y confusión.
Luego me dijiste que te morías por ti y muchas más cosas más, y no te creí.
Si lo hacía yo era terrible y si lo hacías tú, inocuo.
Allí tenemos, lo que cada quién hizo.
Recibimos lo que dimos.

I adore you

I adore you, escribí y lo lancé al infinito mar.
Para quedar protegido, elegí una buena botella, que la hiciera navegar.
Un mensajito, para un amor inmenso, sin saber si lo leería, algún día.
Otro idioma, otra forma, algo distinto, para alcanzar lo nunca visto.

Mil noches de sueños y fantasías, con posibles respuestas,
¿qué me dirás, qué te diré, qué callarás, qué te diré de nuevo?

Conocerte, con un rostro playero o piernas de sirena,
sonrisa magnífica, ojos inmensos, cabello hipnótico,
senos inolvidables, suave piel de color de luna,
caderas admirables de bailarina.

Y más allá, más acá, unos labios seductores,
con una lengua ardiente,
sonrisa electrizante,
con alma brillante.

Para que me reconozcas: me gusta tu risa, me gusta tu nombre, me gusta tu voz. Es la verdad.

Paciencia, arte de saber que todo lo que va a pasar es lo mejor. Una mañana cualquiera, llegó de nuevo la botella, la reconocí. No traía el mismo papel escrito por mí. La rescaté, desesperado por el reencuentro y al leerla decía: I adore you, con una letra distinta y un papel distinto pero reconocible. Y me dije, sonriente e infinito: algún día, cuando salga de esta isla.

Tóxica

De una terrible droga me hice fatalmente adicto y me perdí. Destructiva costumbre, poderoso veneno, corrosiva radiación, tentación penosa. Eran muchas cosas que se mezclaban. Olvidé quién era. Me hundí en espirales laberintos de movedizo desencanto y mutilante frustración. Al espejo sólo había una cara fantasmal que me devolvía una sonrisa esquelética, con la marca de la miseria como cicatrices imposibles. Me sometí a tus encantos de Medusa, y mi final no pude ser otro que una víctima más.

El final llegó con la negación. Cuando creí que podía controlarte, dejarte en cualquier momento, usarte sin correr peligro. En esa etapa, en la que muchas manos te tratan de cobijar pero también reprender, castigo silente de un amor que no se debe probar, el de los más cercanos y fieles amigos, me negaba y aún justificaba la necesidad que tenía de ti, la posibilidad de continuar teniéndome en mi vida sin hacerme tanto daño, creyendo que era yo la que te usaba y no ser un simple harapo que cayó en las redes invisibles de una araña ciega, hambrienta y molesta.

Ustedes también lo saben, este es una historia también repetida, un cuento infinito. Todos nos sabemos la teoría, de la práctica errada y vacilante está hecha la vida. Nada es eterno, me destruías o te dejaba. Preferí la vida, seguir los consejos, apostar por la luz. A veces con el temor callado de admitir que no te había eliminado por completo, paranoico de que alguien supiera que había recaído, avergonzado de tener que confesar que te creía dominada.

Y hoy, de nuevo, me acerqué, sólo un poco a ti, apenas te probé y tuviste de nuevo esa poderosa capacidad de enfermarme, de hacerme querer destruirlo todo y a mí mismo, de acabar con este universo con la rabia fogosa de un degenerado. Lo peor de mí, lo más triste y tú que no vales ni lo que pesas, aunque te vendan y ofrezcas tan caramente.

Que el fuego de la incineración te transforme en algo mejor. Desapareciste.

Quincallería "Las Quince Letras"

Rodábamos por Bejuma en la camioneta Caribe 442 de mi papá. Mi mamá iba al lado, sonriendo por la ventana mientras voltea para que no nos peleemos. Estamos fastidiados, como niños sin walkman ni Game Boys, mientras ellos seguían recorriendo el país con su amable, apurada y muy adulta mezcla de turismo nacional, oficio de vendedores y clase media emergente de menores de 30 años.

Papás que fueron hippies y ahora pueden cambiar de carro cada año, se mudaron a Maracay y se buscan la vida, alejados de las quincenas, acumulando kilómetros por todo el país con una cava llena de chucherías y bebidas en la maleta. Siempre nos animaban a que disfrutáramos al máximo el recorrer el país, así como las posibilidades de hacerlo gracias a su éxito como jóvenes comerciantes, mientras nosotros exhibíamos las ganas de jugar con una pelota, nadar en una piscina y comer hamburguesas con refresco. Idealmente al mismo tiempo.

En una esquina, polvorienta y democrática, rural y con ganas de más, empobrecida pero cálida, con la pintura verde sobre el cemento que armonizaba con el bahareque y rematado con un aviso municipal que revelaba el nombre de la calle, me tomó por sorpresa. Quincallería "Las Quince Letras" decía el cartel, pintado a mano en letras amarillas. En medio del Macondo venezolano, había un guiño que parecía de Condorito, una ocurrencia digna de Cantinflas, por lo lejano parecía un chiste cruel que echaba mano de la picardía tradicional para darnos la bienvenida, como un chinchorro para visitantes. Como cuando tras viajar varios kilómetros en las montañas de Boconó, en camino a San Juan de los Morros, llegamos a un tanque o cualquier lugar donde nos podíamos bañar, jugar y caernos, así fuese tomando malta y en unos columpios debajo de un mango en un club social de Valle de La Pascua. Niños no tan urbanos, no encerrados en apartamentos.

Mi hermano Joel ni se enteró, me parece. Vi el cartel con ganas de bajarme, de saber, de comentarlo, pero como aún me pasa, a veces la conversación es muy seria o cerebral, inadecuada para socializar ligeramente. Cuando nos bajamos en una tienda del centro de Bejuma, indeseable y calurosa, extrañamos un poco más esa ciudad que nos arropaba con la aprendida seguridad del asfalto, el cemento y el vidrio. Probarse pantalones, franelas, chemisses nunca lo sentimos como privilegio, sino como hábito paternal mucho menos divertido que elegir helados, juguetes o parques. Cuando nos íbamos a ir, la llave del carro no aparecía.

Joel, que disfrutaba enormemente estar a la moda y deslumbrar entre amigos, estaba molesto, callado y distante. No como yo, pensativo, lejano y serio, como cuando en una fiesta todos bailan salsa y merengue, mientras estoy aturdido, sino evitando contacto y ayuda. El niño galán evitaba ayuda para cambiarse, parecía haberse hecho adolescente de repente. Y las llaves sin aparecer, en Bejuma, con calor, tan infinitamente lejos de imaginar que nos acercáramos a casita, donde me encantaba estar. En esa tranquilidad sabrosa que después se hace tan esquiva.

Repentinamente, las llaves caen al suelo. Estaban escondidas en alguna parte de la anatomía de mi hermano que sospechó que nadie revisaría. Su ropa interior no pudo contener el llavero que deja en jaque a nuestros padres. Usó su ingenio para como el dueño de la quincallería, usar la picardía para no mostrar lo obvio: quiero que me compres algo pero además con una sonrisa, de forma simpática, sin acusarme de haberte convencido.

Estaba molesto porque le habían dicho que no a una pieza de ropa que consideraba infalible. Fue una venganza infantil, que parecía ingenua pero que había sumido en tensión a los viejos. Se rieron y hasta alabaron la ocurrencia, pero había una sombra de indignación que esta vez no pasó de un duro jalón de oreja. No siempre actuaron así, todavía recuerdo un golpe con el tacón que le hizo botar sangre cuando molestaba a mi mamá que amantaba a la recién llegada hermanita, mientras el fastidio de estar en la licorería de Calicanto lo tenían realmente ansioso, pero siempre, ingenuo.

Ese día solo tomaron la llaves, las bolsas, las facturas, el saludo al señor de la tienda, árabe o carabobeño, y nos fuimos, con ropa nueva y fastidiados, preguntando si ahora sí nos íbamos a la casa. Más el regaño, casi ruego, de no volver a eso porque implicaba un gran peligro para todos. Años más tarde, Joel siempre sería el sospechoso de la mínima desaparición de llaves, así como a mí siempre me recordarían insistentemente que cerrara la puerta, porque varias veces dejé abierta con adolescente desdén.

Supongo que el dueño de Las Quince Letras, en dorado y suspicaz, jamás aceptó que le cambiaran el nombre a su negocio.

jueves, 16 de julio de 2015

Yo quiero vivir en Tlön

Hay libros que convierten en papiros en nuestros dedos. En lugar de desgastarse o destruirse, de tanto leerlos, física y mentalmente, se transforman en patrimonio subatómico de tu mente, con subrayados mentales en forma de tatuajes neurológicos, como esos olores sabrosos de la comida maternal o del Niño Jesús que se equivocó. Cree uno, como quien reza, se tatúa o vota, que su elección es indiscutiblemente la mejor. Nuestro autor favorito es entonces un rockstar.

Lo admito, yo quiero vivir en Tlön.

¿Xilófonos les negarán mil fórmulas distintas de tocarse en los resbaladizos dedos de la metodología teatral del profesor para enseñar mientras todos creen divertirse con la física de los sonidos o será magia sónica que se ha negado a entregarse, desmayada de mentira con una risa infantil, a la seriedad que se amerita para aprender a esdrujulizar por pura estética?

Suponga una canción de jazz. Escuche detenidamente los pasos que entre las sombras han decidido, sin temor a equivocarse, los dueños del conglomerado académico, docto e irrevocable de ríos, esos hippies revoltosos de la revolución lunar, que al unísono se reencuentran entre cervezas, paréntesis y sin vergüenza para admitir que las cosas se le salieron de control, volumen e intensidad. Es la verdad.

¡Sí, sé solo su sinfonía, sus excusas y serpientes! Es increíble que puedan acceder a tales inacciones como si hubiese otra posibilidad de unificarlo todo, una y otra vez, para que las opciones fuesen un poco más cerradas, apelar a la diversidad, al abrazo que ofrecen los logros en el extranjero, en la intimidad, en la obcecada oscuridad mística de habituarse a almorzar todos los días con la misma persona, pero a horas distintas, no vaya a ser que nos descubran. Que nos señalen.

He regresado, y no he inventado ningún idioma. Menos mal.

viernes, 26 de diciembre de 2014

Planilla

Cuando miro a lo lejos, al horizonte acostado sobre la tierra, como un día demasiado cansado,
veo que se esconde, entre piernas de gigantes y pirámides grises, un sueño olvidado.
Allí se enreda, se retuerce, se apenumbra, se acurruca sonriéndose.

Y entonces despierto. Miro hacia la ventana, donde por una rendija se asomo tímida un rayo de luz
que entra silenciosamente, como un marido borracho, como un hábil ladrón.
Veo como se desplaza, olvidado de su velocidad acostumbrada, haciéndose paso entre polvo volador.

Encontrándome conmigo.
Con el verbo en la mano.
Culpable de pensamiento.

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Me he creído ingeniero, profesor y conquistador.
En mi mente he realizado épicas luchas, las he considerado.
Acobardado entre mis tareas sin hacer y mis ilusiones encontradas.

Llenando la planilla.
De profesión: poeta.

Esperando que me soliciten una explicación.
Un auto de detención, una investigación pública.
Una venganza y un juicio, un grito, una demanda de objeción.

Eso nunca llegó.
Está bien, ponga su dedo.
Un momentico, usted a mí me respeta.
Me constitucionalizo, trato de ofenderme como un atropellado.

Y la vejación tiene la cara del otro.
Coño, yo fui un privilegiado, eso no me pasó a mí.
Ya todo está listo.
Firme aquí.
Puede retirarse.
No está expulsado.
Ni multado.
En su caso está exonerado.
Su nombre no apareció.
Tendremos una excepción.
Hubo una omisión.

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Y aquí me quedo.
Creyéndome la gran cosa.






martes, 2 de junio de 2009

Para Nina

Este sábado, cuando me escribiste, recordé que nunca te había escrito yo un poema a ti
A pesar que eres un amor eterno, que siempre estará en mi corazón y yo en el tuyo.
Me diste una noticia gigantesca, maravillosa, un reto tan hermoso, que me cambió la vida.
De nuevo el amor eterno.

Hermanita, gracias por estar allí, siempre. A pesar de mí, de ti, porque ser hermanos es un reto.
Seguramente tú me clavaste un puñal en la vida pasada o yo no fui el más amable, y por eso nos han puesto juntos.
Romper las cadenas del pasado para llenarnos de búrbujas de querer,
Te amo, mi hermanita Nina, no más ahora sino con un extra, como una pizza de corazón.

Porque el amor eterno está allí, cerquita y a mí la vida me ha llenado de mujeres así:
Mireya, Joelita y tú, mi Nina. Tres amores grandiosos, tres mujeres eternas y tres damitas.
Una madre infinita, una sobrina brillante y una hermana poderosa.

Eres una heroína, fuerte, brava, ruda. Y como nunca, te pongo la medalla de mi admiración,
pido disculpas por verlo todo desde mi punto de vista y te aplaudo por tu valentía,
busca tus sueños, no hagas caso y brinca el abismo aunque te dé miedo,
porque tú no te quedas atrás, tú no te dejas, ¡a ti nadie va a venir a embromarte!

Pero también un cofre de diamantes de ternura, de solidaridad cariñosa, de inteligencia fuerte.
Un abrazo lindo, una tocadita de oreja y un aviso de advertencia: siempre estaré aquí.
Te quiero mucho, mi Ninita.